jueves, 8 de enero de 2009

Conan El Cimmerio.

CONAN EL CIMMERIO
Por Robert E. Howard.


La Hija del Gigante Helado.

Hastiado ya de la civilización y de su magia, Conan vuelve a su Cimmeria natal. Después de uno o dos meses de juerga, entre mozas y bebidas, se siente impaciente por reunirse con sus antiguos amigos-los aesires- en una incursión contra Vanaheim.

El fragor metálico de las espadas y las hachas de guerra se había extinguido; los gritos de las matanzas fueron silenciados, y ahora reinaba el silencio sobre la nieve teñida de rojo. El pálido sol que brillaba con una luz cegadora sobre los campos helados y las llanuras cubiertas de nieve arrancaba destellos de plata de las corazas hendidas y de las armas quebradas diseminadas por el campo de batalla en el que yacían los muertos.

Las manos sin vida aún aferraban las rotas empuñaduras de las espadas; las cabezas cubiertas con cascos y echadas hacia atrás en el último estertor, alzaban lúgubremente contra el cielo las barbas rojas y doradas, como en una última invocación a Ymir, el gigante helado, dios de una raza guerrera.

Alrededor de los ensangrentados despojos y de los cuerpos enfundados en cotas de malla, dos hombres se miraban fijamente. Eran los únicos seres vivos en aquel paisaje desolado. Los cubría el cielo helado y estaban rodeados por la blanca planicie sin límites, con decenas de cadáveres a sus pies. Se fueron aproximando lentamente uno al otro entre los cuerpos sin vida, como fantasmas que se encuentran sobre las ruinas de un mundo muerto. En medio de un silencio casi absoluto, los dos hombres quedaron cara a cara.

Ambos eran altos y fornidos como tigres. Habían perdido los escudos, y sus corazas estaban abolladas y resquebrajadas. la sangre seca cubría sus cotas de malla y las espadas estaban manchadas de rojo. En sus cascos de cuernos se veían las marcas de golpes violentos. Uno de ellos carecía de barba y tenía una brillante melena negra; el cabello y la barba del otro eran tan rojos como la sangre que había sobre la nieve iluminada por el sol.

-Oye -dijo este último-, dime tu nombre para que mis hermanos de Vanaheim sepan quién fue el último hombre de la banda de Wulfhere que cayó ante la espada de Heimdul.
-¡No será en Vanaheim -dijo con un gruñido el guerrero de negra cabellera-, sino en Valhalla, donde les dirás a tus hermanos que encontraste a Conan de Cimmeria!

Heimdul saltó lanzando un rugido mientras su espada describía un arco mortal. Cuando la sibilante hoja golpeó su casco haciendo saltar chispas azules, Conan se tambaleó y su vista se llenó de un fuego rojo. Pero después de retroceder, volvió a cobrar fuerzas y lanzó un poderoso mandoble con todas sus fuerzas. La afilada hoja atravesó las escamas de metal, los huesos y el corazón del enemigo, y el guerrero de rojos
cabellos murió a los pies del cimmerio.

Conan se quedó inmóvil, con la espada suspendida, y se sintió repentinamente invadido por un profundo cansancio. El resplandor del sol sobre la nieve cortaba sus ojos como un cuchillo, mientras que el cielo parecía encogerse extrañamente. Se alejó de aquella planicie en la que los guerreros de barba rubia yacían entrelazados con los asesinos de rojas barbas en un abrazo de muerte. Había dado unos pocos pasos cuando el resplandor de los campos nevados comenzó a atenuarse. Lo envolvió una oleada de luz cegadora y se desplomó sobre la nieve apoyado en un brazo, tratando de sacudirse la ceguera como un león sacude su melena.

Una risa cantarina rasgó su inconsciencia, y notó que la vista se le aclaraba poco a poco. Conan miró hacia arriba; había algo extraño en el paisaje, algo que no podía precisar ni definir, como un tinte especial y desusado que coloreaba la tierra y el cielo.

Pero no pensó mucho tiempo en ello. Ante él, balanceándose como un árbol joven al viento, había una mujer.

Al bárbaro, todavía aturdido, el cuerpo erguido de la muchacha le parecía hecho de marfil; con excepción de un ligero velo de gasa, estaba desnuda como el día. Sus delicados pies eran más blancos que la nieve que pisaban. Finalmente la joven se echó a reír, mirando fijamente al desconcertado guerrero; su risa era más dulce que el murmullo de las fuentes cantarinas, pero estaba cargada de una ironía cruel.



-¿Quién eres? -le preguntó el cimmerio-. ¿De dónde vienes?
-¿Qué importa? -repuso ella, con una voz más musical que un arpa de cuerdas plateadas, pero cargada de crueldad.
-Puedes llamar a tus hombres -dijo Conan aferrando su espada-. Aunque no me responden del todo las fuerzas, no me cogerán vivo. Veo que eres de Vanir.
-¿Te lo había dicho? -preguntó la joven.

La mirada del cimmerio se posó nuevamente en los rizos rebeldes de la muchacha, que le habían parecido rojos a primera vista. Ahora veía que aquel cabello no era rojizo ni rubio, sino una gloriosa combinación de ambos tonos. Él la miró fascinado. Su cabello era de un color dorado mágico; el sol se reflejaba con tal intensidad en su cabellera que el bárbaro apenas podía mirarla. Los ojos de ella no parecían del todo azules ni absolutamente grises, sino que cambiaban de color con la luz y con el resplandor de las nubes, creando tonalidades que el bárbaro jamás había visto. Sus labios rojos y carnosos sonrieron y, desde los ligeros pies hasta la cegadora corona de su cabello rizado, aquel cuerpo de marfil era tan perfecto como el sueño de un
dios. El pulso de Conan martilleó sus sienes.

-No sé si eres de Vanaheim y enemiga mía -dijo él-, o de Asgard y, por tanto, amiga. He recorrido muchas tierras, pero jamás he visto una mujer como tú. Tus rizos me ciegan con su fulgor. Jamás había visto un cabello semejante, ni siquiera entre las mujeres más blancas de Aesir. Por Ymir...
-¿Y tú quién eres, para jurar por Ymir? -le interrumpió ella con tono burlón-. ¿Qué sabes tú de los dioses del hielo y de la nieve, tú que vienes del sur para aventurarte entre gentes extrañas?
-¡Por los oscuros dioses de mi propia raza! -gritó Conan furioso-. ¡Aunque no sea un aesir de cabello dorado, ninguno de ellos ha sido más diestro que yo manejando la espada! Hoy he visto caer muertos a muchísimos hombres, y sólo yo he sobrevivido en el campo de batalla en el que los hombres de Wulfhere se enfrentaron con los lobos de Bragi. Dime, mujer, ¿no has visto el brillo de las corazas sobre las llanuras nevadas? ¿No has visto hombres armados avanzando sobre el hielo?
-He visto brillar la escarcha bajo los rayos del sol -respondió ella-. Y he oído el viento susurrando sobre las nieves eternas. Conan movió la cabeza y lanzó un suspiro. Luego dijo:

-Niord debía haberse unido a nosotros antes de que comenzara la batalla. Me temo que él y sus guerreros hayan sido objeto de una emboscada. Wulfhere y sus hombres están muertos... Yo creí que no había ninguna aldea en muchas leguas a la redonda, pues la guerra nos llevó muy lejos; pero tú no puedes haber venido de lejos, con tanta nieve y estando desnuda. Condúceme a tu tribu, si eres de Asgard, pues me siento débil y
cansado a causa de los golpes que he recibido y del fragor de la batalla.

-Mi aldea se encuentra más allá de lo que tú puedes recorrer andando, Conan de Cimmeria -dijo ella riendo. Después extendió los brazos y se balanceó delante de él, agitando sensualmente su dorada cabellera y con los ojos centelleantes semiocultos detrás de sus sedosas pestañas.

-¿No soy hermosa, oh, extranjero?
-Como el alba que juega desnuda sobre la nieve -murmuró Conan con los ojos ardientes como los de un lobo.
-Entonces, ¿por qué no te levantas y me sigues? ¿Quién es el valiente guerrero que se queda postrado delante de mí? -dijo ella con voz cantarina y con un sarcasmo enloquecedor-. Quédate acostado sobre la nieve y muere como los demás necios, Conan el de la negra cabellera. Tú no puedes seguirme adonde yo te llevaría.

El cimmerio lanzó un juramento y se puso en pie, al tiempo que sus ojos azules centelleaban y su rostro oscuro, lleno de pequeñas cicatrices, se contraía. La ira embargaba su alma, pero el deseo que le inspiraba el cuerpo tentador que tenía delante le martilleaba las sienes y le hacía hervir la sangre en las venas. Una pasión feroz y agónica invadía todo su ser, hasta el punto de que la tierra y el cielo aparecían bañados en sangre ante su obnubilada mirada. En medio de su locura, se olvidó del enorme cansancio y de la debilidad que sentía.

El cimmerio no dijo una sola palabra mientras envainaba la ensangrentada espada y tendía las manos hacia la muchacha para tocar su carne suave y delicada. La joven lanzó un leve grito, retrocedió entre risas y echó a correr, mirándolo de cuando en cuando por encima de su blanco hombro. Conan la siguió lanzando gruñidos.

Se había olvidado de la lucha, de los guerreros armados que yacían bañados en sangre; se había olvidado de Niord y de sus hombres, que no llegaron a tiempo para la batalla. Sólo tenía en mente la esbelta silueta blanca que parecía flotar en el aire, en lugar de correr sobre la tierra delante de él.



La persecución continuó a través de la cegadora llanura blanca. El campo rojo había quedado muy atrás, pero Conan siguió andando con la silenciosa tenacidad de los de su raza. Sus pies, cubiertos con la malla de acero, rompieron la helada corteza y se hundieron hasta los tobillos en la tierra cubierta de nieve, pero siguió adelante sostenido por su indomable energía. La muchacha danzaba sobre la nieve ligera como una pluma flotando en el aire; sus pies desnudos apenas dejaban huellas en la escarcha helada. A pesar del fuego que ardía en las venas del bárbaro, el frío le mordía a través de la cota de malla y del manto forrado de piel, pero la joven del tenue velo de gasa corría tan ligera y alegre como si estuviera bailando entre las palmeras y losjardines de rosas de Poitain.

Ella iba siempre adelante y Conan la seguía. Sus labios resecos lanzaban violentas maldiciones. Tenía hinchadas las venas de las sienes a causa del esfuerzo y sus dientes rechinaban.

-¡No podrás escapar de mí! -rugió el cimmerio-. ¡Si me conduces a una trampa, apilaré las cabezas de tu gente a tus pies! ¡Y si te ocultas, abriré las montañas hasta que te encuentre! ¡Te seguiré hasta el mismísimo infierno!

La espuma fluía de los labios del bárbaro mientras la enloquecedora risa de la muchacha llegaba hasta sus oídos. La joven lo llevó cada vez más lejos hacia el interior de la estepa. A medida que pasaban las horas y el sol se ocultaba detrás de la línea del horizonte, el paisaje cambiaba; la extensa planicie dio paso a unas
pequeñas colinas que ascendían hasta convertirse en accidentadas cordilleras. Allá a lo lejos, hacia el norte, Conan divisó una cadena de clavadas montañas, cuyas azules nieves eternas se teñían de rojo bajo el sol de poniente. En el cielo oscuro brillaban resplandecientes los rayos de la aurora boreal. Se tendían como un abanico en el cielo, como heladas hojas de luz gélida que cambiaba de color y cuya intensidad aumentaba por momentos.

El cielo brillaba por encima de la cabeza de Conan con una luz y un resplandor extraños. La nieve tenía un brillo misterioso v sobrenatural; por momentos era de un azul helado, luego de color carmesí o de un frío tono plateado. Conan seguía avanzando con una determinación inquebrantable a través de aquel helado reino
deslumbrante y encantado, en un laberinto cristalino en el que la única realidad era el blanco cuerpo que bailaba sobre la nieve lejos de su alcance..., cada vez más lejos de su alcance.

El cimmerio no se asombró ante la extrañeza de todo aquello, ni siquiera cuando dos gigantescas figuras se alzaron para cerrarle el paso. Las escamas de las cotas de malla de los desconocidos estaban llenas de escarcha y sus cascos y hachas de guerra estaban cubiertos de hielo. La nieve salpicaba sus cabelleras y sus barbas estaban blancas de carámbanos y de cristalillos helados. Sus ojos eran tan fríos como la luz que llegaba a raudales del cielo.

-¡Hermanos! -exclamó la muchacha bailando entre ellos-. ¡Mirad quién me sigue! ¡Os he traído un hombre para que lo matéis! ¡Arrancadle el corazón para colocarlo humeante sobre la mesa de nuestro padre!

Los gigantes contestaron con rugidos que parecían el chirriar de los icebergs al rozar contra las heladas piedras de una costa rocosa. Levantaron las hachas, que brillaron bajo la luz de las estrellas, y en ese momento el cimmerio se abalanzó como enloquecido sobre ellos. Una helada hoja brilló ante los ojos de Conan cegándolo con la intensidad de su fulgor. El bárbaro devolvió un terrible mandoble que cercenó la pierna de uno de sus enemigos a la altura de la rodilla.

La víctima cayó exhalando un lamento y en ese mismo instante Conan se desplomó sobre la nieve, con el hombro izquierdo insensible por un certero golpe del otro hombre, del que apenas pudo salvarlo la malla que llevaba puesta. Conan vio que el otro gigante se cernía sobre él como un coloso tallado en hielo, recortándose contra el frío cielo. El hacha se abatió... para hundirse en la nieve hasta penetrar profundamente en la tierra helada, pues Conan se echó a un lado y luego de un salto se puso en pie. El gigante lanzó un rugido e intentó liberar su hacha, pero mientras lo hacía, la espada de Conan se hundió en el pecho del hombre con la rapidez de un
rayo. Las rodillas del titán se doblaron y éste se derrumbó lentamente sobre la nieve, que se tiñó de color carmesí por la sangre que manaba del cuello seccionado.
Conan giró rápidamente y vio que la muchacha se encontraba a poca distancia, mirándole con los ojos muy abiertos por el horror; el aire de sorna había desaparecido de su rostro. El cimmerio gritó violentamente y las gotas de sangre caían por su espada mientras su mano temblaba por la intensidad de su pasión.

-¡Llama al resto de tus hermanos! -gritó Conan-. ¡Yo echaré sus corazones a los lobos! No podrás escapar de mí...

Con un grito de horror, la joven se volvió y huyó rápidamente. Ya no se reía ni se burlaba de él cuando lo miraba por encima de su blanco hombro. Ahora corría como si en ello le fuera la vida. Por más que Conan forzaba hasta la última fibra de sus músculos y sentía como si las sienes fueran a estallarle -lo veía todo de color rojo, la chica seguía alejándose de él bajo los cielos iluminados por los fuegos de hechicería, hasta que quedó convertida en una figura diminuta, luego en una blanca llama que danzaba sobre la nieve y por último en una pequeña mancha perdida a lo lejos. Pero aunque los dientes le rechinaban hasta hacerle brotar sangre de las encías, Conan siguió avanzando hasta que la pequeña mancha volvió a aparecer a los ojos de Conan como una blanca llama que danzaba, luego como una minúscula figurilla y por último la muchacha corría a menos de cien pasos delante del cimmerio.

Lentamente, paso a paso, la distancia se iba acortando.

Ahora la joven corría haciendo un visible esfuerzo, con sus rizos dorados flotando al viento. Conan percibió el intenso jadeo de su pecho y vio el miedo reflejado en sus ojos cuando ella lo miró por encima del hombro.

La resistencia implacable del bárbaro le proporcionó el fruto apetecido. Las fuerzas parecían abandonar sus blancas piernas; la muchacha corría a menos velocidad aún. En el corazón indomable de Conan se atizó nuevamente el fuego infernal que ella había sabido encender. Lanzando un rugido inhumano, Conan se arrojó sobre la joven en el momento en que ésta se volvía y lanzaba un grito de espanto, al tiempo que extendía sus brazos para rechazarlo.

La espada del cimmerio cayó sobre la nieve cuando éste estrechó a la joven en sus brazos. El esbelto cuerpo de la muchacha se arqueó hacia atrás mientras luchaba desesperadamente en los brazos de Conan. Su cabello dorado se agitaba al viento y le caía sobre el rostro, cegando al cimmerio con su resplandor. El contacto de su hermoso cuerpo que se retorcía entre sus brazos le llevó al borde de la locura. Los fuertes dedos de Conan se hundieron con frenesí en la suave y blanda carne..., una carne fría como el hielo. Era como si estuviera abrazando un cuerpo de hielo en lugar del cuerpo de una mujer de carne y hueso. Ella echó a un lado su dorada cabellera, tratando de esquivar los violentos besos del bárbaro, que lastimaban sus labios rojos y carnosos.

-Eres fría como la nieve -dijo él como atontado-. Yo te calentaré con el fuego de mi sangre...

Al tiempo que lanzaba un fuerte grito, la joven se resistió con todas sus fuerzas hasta que logró escapar de los brazos del cimmerio, dejando en ellos su ligero velo de gasa. Ella saltó hacia atrás y se enfrentó a Conan, con sus rizos de oro en completo desorden, su blanco pecho jadeante y sus hermosos ojos centelleando de horror.

Por un momento Conan se quedó paralizado, abrumado ante aquella belleza terrible que se alzaba desnuda sobre la nieve.

En ese momento ella alzó los brazos hacia las luces que brillaban en el firmamento y exclamó con una voz que resonaría para siempre en los oídos de Conan:

-¡Ymir! ¡Oh, padre mío, sálvame!

Conan dio un salto hacia adelante con los brazos extendidos para coger a la muchacha cuando, con un estampido como el de una inmensa montaña al desintegrarse, el cielo entero se convirtió en un fuego helado.

El cuerpo de marfil de la muchacha se vio envuelto repentinamente en una llama azulada y fría, tan cegadora que el cimmerio tuvo que levantar las manos para protegerse los ojos. Durante un breve instante, los cielos y las montañas nevadas fueron inundadas por crepitantes llamas blancas, azules dardos de una luz helada y
fuegos gélidos de color carmesí.

De pronto Conan se tambaleó y lanzó una exclamación. La muchacha había desaparecido.

Laresplandeciente extensión de nieve estaba ahora completamente desierta; por encima de su cabeza las embrujadas luces jugueteaban en un cielo helado que parecía haber enloquecido. Entre las distantes montañas azuladas que se alzaban a lo lejos se oyó un trueno estremecedor como el de un gigantesco carro de guerra arrastrado por caballos frenéticos cuyos cascos despedían destellos al chocar contra la nieve, mientras del cielo llegaban ecos lejanos.

Luego la aurora boreal, las montañas cubiertas de nieve y el cielo llameante comenzaron a dar vueltas ante los ojos de Conan como si estuvieran ebrios. Miles de bolas de fuego estallaron lanzando una lluvia de chispas y el mismo cielo se convirtió en una rueda gigantesca que giraba despidiendo estrellas a medida que
daba vueltas. Las montañas nevadas se alzaban como las olas del mar. Entonces el cimmerio cayó sobre lanieve y quedó inmóvil.

En un gélido y oscuro universo cuyo sol se había extinguido hacía muchísimos eones, Conan sintió el movimiento de una vida extraña e incierta. Un terremoto hizo temblar la tierra sobre la que yacía, lo sacudió de un lado a otro y aplastó sus manos y sus pies, haciéndole gritar de dolor y de furia. Entonces buscó su espada.

-Está volviendo en sí, Horsa -dijo una voz-. Date prisa, debemos quitarle el hielo de sus brazos y piernas, para que pueda volver a empuñar la espada.
-No puede abrir la mano izquierda -dijo el otro con un gruñido-. Está aferrando algo... Conan abrió los ojos y miró a los hombres barbudos que se inclinaban sobre él. Estaba rodeado de guerreros altos y rubios, que vestían cotas de malla y pieles.
-¡Conan! -exclamó uno de ellos-. ¡Estás vivo!
-¡Por Crom, Niord! -dijo el cimmerio jadeando-. ¿Estoy vivo o estamos todos muertos en Valhalla?
-Estamos vivos -respondió As masajeando los pies helados de Conan-. Nos tendieron una emboscada; de lo contrario hubiéramos llegado a tiempo para luchar a tu lado. Los cadáveres todavía estaban tibios cuando aparecimos en el campo de batalla. No te encontramos entre los muertos, de modo que seguimos tu rastro.

Pero Conan, en nombre de Ymir, ¿por qué te fuiste hasta las estepas del norte? Seguimos tus huellas sobre la nieve durante horas. Si alguna tormenta las hubiera ocultado, jamás te habríamos encontrado, ¡por Ymir!

- No jures tan a menudo por Ymir -murmuró otro guerrero con aire inquieto, observando las lejanas montañas-. Ésta es su tierra, y cuentan las leyendas que el dios vive en aquellas montañas.
-He visto a una mujer -repuso Conan confusamente-. Nos habíamos encontrado con los hombres de Bragi en la llanura. No sé durante cuánto tiempo estuvimos peleando. Fui el único sobreviviente, y estaba mareado y exhausto. La tierra parecía un sueño; sólo ahora las cosas me parecen naturales y conocidas. La mujer vino hacia mí, provocándome. Era hermosa como una helada llama del infierno. Una extraña locura me invadió cuando la miré, y me olvidé de todo. La seguí. ¿No habéis encontrado sus huellas? ¿Ni habéis visto a los gigantes helados a los que di muerte?
Nior respondió negativamente con un movimiento de la cabeza.
-Sólo encontramos tus huellas en la nieve, Conan -le respondió.
-Entonces es probable que esté loco -dijo Conan aturdido-. Y sin embargo, vosotros no me parecéis más reales que aquella muchacha de cabellos dorados que corría desnuda sobre la nieve, delante de mí. No obstante, yo la vi desvanecerse entre mis propias manos, como una llama helada que se extingue súbitamente.

-Está delirando -musitó uno de los guerreros. -¡No! -exclamó un hombre más viejo, de ojos salvajes y extraños-. ¡Era Atali, la hija de Ymir, el gigante de hielo! ¡Ella sale al campo de batalla y se deja ver por los moribundos! Yo la he visto cuando era un muchacho y estaba medio muerto después de la sangrienta batalla de Wolfraven. La he visto caminar entre los muertos, sobre la nieve; su cuerpo desnudo brillaba como el marfil y su cabellera dorada resplandecía con un fulgor insoportable a la luz de la luna. Yo me acosté en el suelo y aullé como un perro moribundo porque no podía arrastrarme tras ella. Atrae a los sobrevivientes de las batallas y los lleva a los páramos para que sus hermanos, los gigantes de hielo, les den muerte; después
les arrancan el corazón y lo depositan en la mesa de Ymir. ¡El cimmerio ha visto a Atali, la hija del gigantehelado!

-¡Bah! -gruñó Horsa-. El viejo Grom ha quedado mal de la cabeza por una herida que recibió en su juventud. Conan estaba delirando por los golpes recibidos en el fragor de la batalla; mirad cuántas abolladuras tiene en el casco. Cualquiera de esos golpes pudo afectarle el cerebro. Lo que anduvo siguiendo por las estepas no era más que una alucinación. El cimmerio viene del sur; ¿qué sabe él acerca de Atali?
-Quizá tengas razón -murmuró Conan-. Todo era tan extraño, tan misterioso y sobrenatural... ¡Por Crom! Conan se calló y miró algo que todavía aferraba con fuerza en la mano izquierda. Los demás se quedaron boquiabiertos cuando vieron que sostenía un tenue velo de gasa..., un velo de gasa tan ligero y delicado que no pudo haber tejido po manos humanas.

lunes, 5 de enero de 2009

Cimmeria, tierra de Bárbaros.



Sabed, oh príncipe, que en los años que siguieron al hundimiento de Atlantis y de las radiantes ciudades en las profundas aguas del océano, hasta el apogeo de los Hijos de Aryas, hubo una era inconcebible en la que los rutilantes y poderosos reinos se extendían por el mundo como mantos azules bajo las estrellas: Nemedia; Ofir; Brithunio; Hiperbórea; Zamora con sus mujeres de oscuros cabellos y sus torres llenas de hechizo y misterio; Zíngara y sus caballeros; Koth, que lindaba con las tierras pastoriles de Shem; Estigia con sus tumbas protegidas por las sombras, e Hirkania, cuyos jefes vestían seda y oro. Pero el reino más arrogante del mundo era Aquilonia, que imperaba sobre los demás en el adormilado occidente. Aquí llegó Conan el cimmerio, de cabellos negros y mirada hosca, con la espada en la mano-ladrón, vagabundo, asesino implacable, con una melancolía abismal y una exultante alegría- para pisotear los enjoyados tronos de la Tierra con sus toscas sandalias.

Por las venas de Conan corría sangre de los antiguos atlantes tragados por el mar ocho mil años antes. Nació en el seno de un clan que reivindicaba una región del noroeste de Cimmeria. Su abuelo pertenecía a una tribu del sur que había huido de su propio pueblo debido a una contienda racial y, después de mucho peregrinar, se refugió entre los pueblos del norte. Conan nació precisamente en un campo de batalla, durante un combate entre su tribu y una horda de invasores vanires.

No se sabe cuándo el joven cimmerio vio por primera vez la civilización, pero ya tenía fama de guerrero hacia la época de los fuegos del consejo, aunque aún no había visto quince nevadas. Ese año, los cimmerios olvidaron sus querellas y unieron fuerzas para rechazar el ataque de los hombres de Gunderland, que habían irrumpido a través de la frontera de Aquilonia, construyeron el puesto de avanzada de Venarium y comenzaron a colonizar las zonas limítrofes del sur de Cimmeria. Conan pertenecía a la horda rugiente y sedienta de sangre que conquistó las montañas del norte, irrumpió a través de las empalizadas con espadas y antorchas e hizo retroceder a los
aquilonios allende sus fronteras.

Durante el saqueo de Venarium y no habiendo alcanzado aún su pleno desarrollo, Conan ya medía más de un metro ochenta de estatura y pesaba ochenta y dos kilos, tenía el carácter alerta y cauteloso del hombre nacido en el bosque, la férrea dureza del hombre de montaña, el físico hercúleo de su padre, que era herrero, y una inusitada destreza con el cuchillo, el hacha y la espada. Después del saqueo de la avanzada aquilonia, Conan regresa por poco tiempo a su tribu.

Desasosegado por los impulsos contradictorios de la adolescencia, de su tradición y de su época, pasa algunos meses con una banda de aesires en infructuosas incursiones contra los vanires y los hiperbóreos. Al finalizar esta campaña, toman prisionero y encadenan al joven cimmerio, que cuenta entonces con dieciséis años. Sin embargo, no permanece encadenado por mucho tiempo...


«Si bien no llegó tan lejos como para creer que los relatos están inspirados por espíritus o poderes ocultos(aunque me opongo a negar nada categóricamente), en ocasiones me he preguntado si es posible que ciertas fuerzas desconocidas del pasado o del presente -o incluso del futuro- actúen a través del pensamiento y de los actos de hombres vivos. Esto se me ocurrió especialmente mientras escribía las primeras historias de la serie de Conan. Recuerdo que no se me había ocurrido ninguna idea en varios meses y me sentía absolutamente incapaz de escribir algo publicable. Entonces dio la impresión de que de repente ese Conan empezaba a crecer en mi cabeza sin grandes esfuerzos por mi parte, e inmediatamente comenzó a fluir un aluvión de relatos de mi pluma -o mejor dicho, de mi máquina de escribir-casi sin dificultad.

No tenía la sensación de estar creando, sino de estar contando cosas que habían ocurrido. Un episodio sucedía a otro con tal rapidez que apenas podía mantener el ritmo. Durante varias semanas no hice más que escribir las aventuras de Conan. El personaje tomó plena posesión de mi mente y no me permitió hacer otra cosa que escribir su historia. Cuando intenté deliberadamente escribir sobre otros temas, no pude hacerlo. No pretendo dar a esto una explicación esotérica o secreta, sino que me limito a los hechos. Hasta el día de hoy sigo escribiendo los relatos de Conan con más energía y lucidez que los de mis otros personajes."



Robert E. Howard

viernes, 2 de enero de 2009

Un Cortesano de Lucifer.



Extracto de la "Corte de Lucifer" de Otto Rahn; Conversación con un verdadero cortesano de Lucifer, a quien no se hizo justicia.

A LA VERA DE UN CAMINO DEL SUR DE ALEMANIA

Es verano, y he regresado a tierras alemanas. Camino por suelo alemán. Por techos alemanes me tiendo a descansar. Por mi alma afortunada suena el “Tandaradei" del señor Walter von der Vogelweide.

Esta noche la pasaré en Tübingen, donde Hölderin vivió, sufrió y escribió poesías. Los hombres lo tuvieron por loco. Sí que Apolo lo había golpeado... Sentado a la sombra de un manzano, a través de sus ramas y follaje, le hago un guiño al luminoso cielo. Zumban abejas, avispas y mosquitos; chirrían los grillos. Una alondra levanta vuelo, con júbilo, hacia la luz. Sacó pluma y papel de escribir de mi mochila.

¿Quién me regañará porque escribo? Debo hacerlo, porque poetizo a mi manera. Debo hacerlo, porque la poesía hierve con demasiado poder en mi interior.

En espíritu, veo a hombres de los siglos XII y XIII ir recorriendo el camino. Uno tras otro van pasando... "¿Cómo te llamas", le pregunté a un hombre. Ya no es joven.
Su pelo es gris y sus mejillas son pálidas. Lleva una vestimenta larga y negra, polvorienta y con los bordes raídos. Su paso es elástico.

-Me llamó Bertrán y soy del país de Foix.
-¿Adonde quieres ir?
-Al Rin y más allá.
-¿Eres hereje?
-Lo soy -el hombre me miró asombrado.
-¿Huyes de alguien?
-Soy un proscrito y huyo de los romanos.
-Conozco tu patria.
-Bien lo sé, pero no la conoces lo suficiente.

El hombre continuó hablándome en mi idioma: “Fuí caballero. Cierta vez pasaste por los restos de mi burgo sin mirarlos profunda y respetuosamente porque ibas leyendo un libro. Debieras leer menos y aguzar más la vista y el oído. Mi castillo está cerca de Foix, sobre una colina. Mirando el Montségur. Los inquisidores quemaron a mi hermano, a su mujer y a sus hijos, mientras yo estaba lejos. Celebraba el solsticio de invierno en las alturas de Ornolac, no lejos de aquella iglesia subterránea que viste en los Pirineos, en el monte Lujat, a la vera del camino de los herejes.

Nadal llamamos a esta fiesta: Navidad".
Le interrumpí para preguntarle:
-En el oficio divino y en la fiesta, ¿habéis celebrado el
nacimiento de Jesús de Nazaret?
-¡No! El nacimiento del sol salvador. Muchos de los nuestros lo llamaron tal como los griegos anteriores a Cristo lo llamaban: Christus. Christus no es Jesús. Éste fue judío, sectario judío. Sus adeptos sólo después de su muerte lo proclamaron como
Redentor solar.
-Por lo que el obispo Melitón, de la cristiandad primitiva, oriundo de la ciudad de Sardes del Asia Menor, con toda razón pudo decir que la doctrina de Christus no era ninguna revelación religiosa, sino una filosofía, primero sólo conocida por los bárbaros, que comenzó a expandirse modificada en tiempos del emperador romano Augusto y al mismo paso que el crecimiento del Imperio romano; dicho con otras palabras: Jerusalén y Roma se apropiaron de la doctrina de Christus y, reformada, la pusieron al servicio de sus objetivos!

-Sí. La doctrina de vida terrenal y muerte en la cruz de Jesús
Cristo es judía y antidivina.
-¿Cómo es eso de antidivina?
-Es antidivino representarse la divinidad como ser personal.
-¿Qué es Dios?
-Dios es espíritu, luz y fuerza,
-¿Hay también un anti-dios?
-Sí. Es la debilidad que actúa en los hombres como mentira y duda. Él es también el espíritu de la anarquía y la destrucción.
-Por lo tanto, para ti, ¿Lucifer, a quien llamas Luzbel, no es el
diablo? ¿Quién es él?
-Lucifer es la naturaleza tal como tú la ves en ti, alrededor de ti y sobre ti. Tiene un doble carácter: tierra carente de luz y vivificador cielo luminoso.
-¿Es Lucifer vuestro dios?
-¿Por qué no hablas de la divinidad? Vuestra expresión Dios, el Dios, comprende la representación de lo personal en sí. Mis contemporáneos alemanes llaman a la divinidad, debes de saberlo, "lo Dios". Las representaciones bíblicas os lo han deformado, lo queráis reconocer o no.
-¿Entonces, Lucifer es vuestra divinidad?
-No. Él es un intermediario.
-¿Así que el hombre fuerte requiere de un intermediario?
-Sí. Pero no un mediador que lo redima, sino que lo preceda dando ejemplo, siendo ejemplar. Lucifer es también el sol. Tú lo necesitas para querer vivir. Tú no lo necesitas menos para deber morir.
-¿Cómo? -pregunté, aunque me figuraba la respuesta.
-En invierno muere el sol y en primavera resurge de nuevo.
Trae la luz de la vida y la certeza, que es lo opuesto a la duda.
-¿La certeza de nacer de nuevo?
-Si así deseas llamarlo, sí. Mejor dirías de victoria sobre la vida, de inmortalidad.
-¿El hombre es inmortal?
-Tú mismo tienes que hallar la respuesta. Mira a tu alrededor Veo el tronco del manzano, bajo el cual estoy sentado. El tronco es viejo y está podrido. Cualquier día caerá desplomado sobre sí por 1a descomposición. Pero aún da flores. Éstas serán fecundadas, crecerán hasta llegar a ser fruto, caerán, se hincarán en la tierra, resurgirán como árboles nuevos. Y veo ante mí al hombre. Ya no es joven. Su
pelo es gris. Pregunto:
-¿Eres padre?
-Lo he sido. Me quemaron cuatro hijos en Toulouse por un auto de fe. Mientras ardían permanecí erguido, disfrazado en medio de esos hombres que pretenden estar en posesión de la creencia correcta y que fundamentan y disculpan todas sus atrocidades con pasajes del Antiguo Testamento...
-¿Cómo continuarás viviendo después de tu muerte?
-Por el ejemplo. Por el hecho de que hasta mi último aliento, pese a todo, he permanecido fuerte y orgulloso y gracias a esto he cumplido con la ley. Y...
-¿De qué ley hablas?
-Tienes que encontrar la respuesta por ti mismo. Mira a tu alrededor Y veo d sol Me deslumbra. Incluso así reconozco: todos los anocheceres debe irse del mundo. Todas las mañanas tiene que alzarse sobre el horizonte. Todos los años tiene que bajar y luego levantar su órbita diaria prescrita. Vivifica la tierra, regala luz a otros astros, de modo tal que podría presumirse que éstos también fueran soles. Generosa y caballerosamente permite que soles más grandes y más luminosos, que sólo aparentan ser más pequeños, tengan el derecho a producir luminosidad según su propia manera de proceder. Él es fuerte, triunfa sobre las nubes oscuras, la noche negra y el muerto invierno. Es orgulloso, ya que no permite que se le impida el derecho del día y del año desu vida...

"Mira en tu interior." Así habla el hombre. Yo obedezco y escucho en mí dos voces que riñen. "Guardas silencio He dice una a la otra, tú eres la aceptación de la vida y confías, miope, en el teatro bufonesco de la vida, del mundo, de las cosas. ¿Qué es la vida?

Esfuerzo y trabajo, enfermedad y muerte. ¿Qué es el mundo? Cornupia(cornucopia) de la miseria, valle de los lamentos, campo de batalla de las pasiones. ¿Qué son las cosas? Materia imperfecta, efímera y variable, desde un principio inserta en la decadencia. Los propios astros, con los que tú te recreas, alegría de vivir, un día ya no serán más. También a ellos les espera la muerte. Nada de lo que comprendes con tus sentidos es ni duradero ni divino, porque Dios es permanencia eterna. Sólo hay una única certeza: la muerte. ¡Sobre estas rocas levantarás tu templo!" A esta voz le salió al paso la otra:

"¡Yo soy el Sí! Tengo la voluntad de seguir siendo el fuerte y valiente Sí. Él ha creado, no por casualidad, a la divinidad, al mundo, a todas las cosas visibles y también a mi. De esto estoy seguro. Y esta certeza me vuelve todo sagrado: el firmamento, la tierra, los elementos, y ante todo aquello donde la divinidad universal me permitió abrir los ojos a la luz: mi patria y mi estirpe. La divinidad me dio la vida, y yo construyo sobre la vida. Yo soy yo. Pero no podría serlo sin mi
estirpe; no existiría mi estirpe si mi patria no existiera y mi patria no viviría si no hubiera divinidad".

"La divinidad no tiene que hacer con tu patria más que con la patria de cualquier otro hombre, porque para ella todos los hombres y todos los pueblos son iguales". Así contradijo la voz primera. La segunda guardó silencio.

Por eso me dijo el hombre:
-Mi patria ya no existe. La convirtieron en un montón de ruinas y por orden del papa la prepararon para una nueva estirpe. Fuimos exterminados por no reconocer al Dios de los judíos, Yahvé, ni a Moisés y a los profetas. No rezamos al Dios de los judíos, porque la divinidad no tiene que hacer con el pueblo de los judíos más que con cualquier otro pueblo. La presunción de ser el pueblo elegido de la divinidad sólo la han expuesto ellos. ¿En qué es Yahvé distinto al alma del pueblo judío, presuntuoso, intolerante, fanático, ávido de poder y nada caballeroso? El alma de mi pueblo fue muy distinta. Nuestro Dios era luminoso, claro y caballeroso. En perfección, fue lo que nosotros,como hombres, hemos sido de imperfectos.

-Razón por la que os llamaron herejes, a vosotros que habíais aceptado la consagración herética, ¿vosotros perfectos? ¿Es por esto que os autocalificabais de puros? ¿No es acaso osadía calificarse así por sí mismos?

-Nosotros así nos designábamos, a diferencia de Roma, que a todos los hombres, sin importar de la sangre que sean, permite ser igual de innobles, corruptos e impuros. Como nietos de nuestros antepasados, los helenos y los godos, nos sentíamos nobles, pero no innobles. Perecederos e incluso alejados de Dios, ¡pero no corruptos ni impíos! ¡No necesitábamos al Dios de Roma ya que sabíamos que teníamos un Dios!
¡No necesitábamos los mandamientos de Moisés, porque desde nuestros ancestros portábamos nuestros mandamientos dentro del alma! Moisés fue imperfecto e impuro; de no ser así, no habría elegido una negra como mujer y no habría permitido a su Dios que matara con lepra a sus hermanos, encargados de las reprimendas. Lo que fue Moisés, fueron los judíos, que nos quieren imponer sus creencias, sus escrituras y sus leyes: imperfectos e impuros, almas serviles y bastardas. Nosotros, occidentales
de sangre nórdica, nos llamábamos cátaros como los levantinos de sangre nórdica se llamaron parsis: puros. Tendrías que comprenderme, ¡o también tu sangre es impura!
-¿Parsis?

-¡Sí ¡Los parsis, los arríanos y nosotros, los cátaros, no hemos traicionado a nuestra sangre! ¡Éste es el enigma de las "ligazones" entre ellos que tú buscas y buscas! Fíjate: Cuándo meditas sobre un Parzival, sabes desde entonces que este nombre representa una palabra irania. Esta palabra significa flor pura. Y Cuándo tú buscas al Grial, buscas la sagrada piedra ghral de los parsis. Al Grial sólo
será llamado aquel que sea conocido en el cielo, así lo has leído en Wolfram von Eschenbach. Nuestro cielo no es el cielo de Jerusalén o de Roma. Nuestro cielo sólo habla a los puros, a aquellos que no son criaturas y siervos de razas inferiores o de
razas mixtas; habla a los arios. ¡Que significa noble y señor! Alzo la vista. Estoy solo...

El canto viene acercándose: canto de rudas voces de muchachos. Una sección de exploradores de la juventud alemana marcha acercándose por la carretera nacional. Intercambiamos gritos y palabras alegres. Luego acampamos juntos bajo el árbol florido y cantamos una nueva canción:

Si uno de nosotros se cansa,
El otro vigilará por él.
Si uno de nosotros duda,
El otro reirá lleno de fe.
Si uno de nosotros cae,
El otro se levantará por dos.
Porque todo combatiente tiene un Dios
Junto a los camaradas.




Otto Rahn a la derecha de la Voluntad Absoluta.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Semitismo Psicológico de Occidente.

Hipotético lector de lagartos extrauniverses, aprovechamos para seguir posteando algo de la magnífica obra de Otto Rahn, asi esclerecemos eso del "racismo" que nos achacan los rojos y los judios; No es el racismo biológico, sino el RACISMO PSICOLÓGICO, el único y verdadero, y de ese si, pueden achacarnos, pues nunca aceptaremos mentirosos, malidicentes, cobardes, comerciantes usureros y completamente amorales, incontinenetes hedonistas, capitalizadores de sentido, POBRES DE ESPÍRITU, es decir, judios psicológicos, entre nosotros, que solo VENERAMOS LO ARIO, la arista noble de la sangre.

"San Agustín perteneció tan poco a la corte de Lucifer como Ambrosio. Sin embargo, debo informar sobre él. Agustín nació en Numidia, de madre cristiana y de ascendencia púnico-africana. Su padre era pagano y semita. Fue a la escuela de una ciudad que no quedaba lejos de la esfera de los nómadas. Con dieciséis años "era, como el mismo Agustín lo contó, un joven apuesto, por lo que el padre se complacía junto al joven en el baño, y, preparado como siriopúnico de pura cepa, ya pensaba en nietos". Dos años después, el padre se arrepentía de su deseo, porque Agustín trajo al mundo un nieto ilegítimo. Fue llamado Adeodat, que significa "dado por Dios". Durante trece años vivió Agustín con la madre de su hijo en concubinato.

Entonces Agustín se dedicó por un tiempo al maniqueísmo. Sus discusiones con uno de los más afamados maniqueos de aquella época, un hombre de nombre Fausto, las dejó registradas de una manera muy poco noble en el escrito Contra Faustum (Contra Fausto).

Odiaba rabiosamente el maniqueísmo. Un día Agustín decidió trasladarse a Roma. No permaneció mucho tiempo en esta ciudad, que se autodenomina eterna, sino que atendiendo a su vocación ejerció de profesor de retórica en Milán. Aquí repudió a la mujer con la que había convivido por tanto tiempo y que le había dado un hijo. Creyó que debía contraer matrimonio concordante con su posición social. La madre de su hijo regresó abatida al norte de África, donde "transcurrió el resto de su vida soltera en una comunidad cristiana". Muy pronto halló él "una mujer adecuada que satisfizo sus requerimientos carnales y sus ambiciosos objetivos". Pero, por alguna razón, el matrimonio se aplazó hasta dos años más tarde.

En el ínterin, Agustín tomó para sí una querida. Al ir aproximándose la fecha del casamiento echó de la casa a esta mujer y no contrajo matrimonio con la novia.

Porque en este entretanto se había convertido al cristianismo católico y había hecho
votos de castidad ante Dios y la Iglesia. Verdad es que en los años posteriores dijo que las prostitutas son una parte constitutiva de la sociedad humana tal como los verdugos, a pesar de que para él la palabra del apóstol Pablo había pasado a ser regla de conducta: no tiendas a la comida y a la bebida, ni a la alcoba y la lascivia, ni a la discordia y la envidia, sino al Señor Jesús Cristo y espera del cuerpo, por lo tanto, que no sea lascivo.

"No seguí leyendo -comenta Agustín-, no era en realidad necesario, porque justo al finalizar esta palabra se hizo la luz de la paz en mi corazón y huyó de mi la noche de la duda". Con su hijo Adeodat, al cual, como acostumbraba decir, "había engendrado en pecado", se hizo bautizar por Ambrosio. Un año después el hijo murió.

Él mismo se marchó de este mundo el año 430, mientras el gran rey vándalo Genserico ponía cerco a la ciudad donde Agustín fue obispo por última vez, la ciudad norteafricana de Hipona. Dentro de sus murallas yacía moribundo un semita y obispo que posteriormente fue canonizado como Padre de la Iglesia. Un rey germano asaltó las murallas. El semita continuó triunfando en Cuánto que, en los tiempos futuros, todos los papas, casi todos los curas y algunos emperadores romanos de la nación alemana, ante todo Carlos el Franco, han utilizado, junto a la Biblia como eficaz martillo, la obra más significativa de Agustín, Civitas Dei (La ciudad de Dios), para volver a forjar occidente en el senado semítico. Casi lo lograron. Pese a todo, debemos abrigar la esperanza de que Europa algún día se limpiará de toda mitología judía..."

sábado, 20 de diciembre de 2008

Esclarmone de Foix.



La Espartana Cátara.

¡Solo pedimos a la mujer Eva, DESPERTAR... necesitamos su potencia para acabar con el usurpador! Lo Virginal debe imponerse.

"Esclarmonde de Foix ha sido, aunque hoy casi nada se sepa sobre ella, una de las mujeres más eminentes del medievo. Anatematizada por el papa y odiada por el rey francés, hasta su último aliento sólo respondió a una única intención: la independencia política y religiosa de su país natal. Murió a edad avanzada, nadie sabe dónde. Tal vez en un aposento para damas del castillo de Montségur, que ella había hecho construir como fortaleza defensiva inexpugnable. Lo que sí es seguro es que no vivió el trágico fin de su patria. Confiada, en algún lugar, ha mantenido su fe hasta su último reposo. Esclarmonde era archihereje. Como neopagana la habrían calificado los creyentes cristianos de hoy en día, ya que reprobó el Antiguo Testamento, calificó al Dios judío Yahvé de Satán y no creyó en la muerte de Jesús
Cristo en la cruz, ni mucho menos en lo que, sobre esta base, llegó a ser la posible redención de los hombres."

Cita de "La Corte de Lucifer" de Otto Rahn.